El Rucker Park de Harlem: el Wall Street del baloncesto

Desde que Holcombe Rucker fundara un pequeño torneo para jóvenes negros, allá por 1947, que terminó convirtiéndose en el más célebre de la ciudad, muchos han sido los que han jugado al auténtico baloncesto en el asfalto de su cancha

REDACCION | 09-12-2012

Lucila Pascua, máxima anotadora del conjunto salmantino
Earl “The Goat” Manigault

Si un visitante preguntara al llegar dónde puede encontrar algunos de los lugares más típicamente “americanos” de los Estados Unidos, de seguro le dirían: Wall Street, Silicon Valley y la cancha de baloncesto del Holcombe Rucker Park. Un impresionante parche de asfalto, escondido en medio de algunos de los edificios más altos de Harlem.

Durante la última década, los torneos de verano celebrados en su cancha, ubicada entre la calle 155 y la Octava Avenida, a un paso del río East en el sur del Bronx, han visto desfilar estrellas como Lebron James, Kobe Bryant, Jamal Crawford, Joakim Noah, Vince Carter, Lamar Odom y Ron Artest, jugando en su pavimento pintado de verde.

Sin embargo, la mayor parte de las noches de verano, la cancha está ocupada por desconocidos, la gran mayoría de ellos afro-americanos, estudiantes de secundaria y jóvenes veinteañeros. Los espectadores se sientan en sus gradas de aluminio para disfrutar de la acción en las bochornosas noches de estío, como una actividad secundaria a sus charlas entre amiguetes.

Tan sólo un puñado de estos jugadores llegará a tener una carrera en el baloncesto universitario o, incluso, en la NBA. La mayoría de ellos, lo más lejos que han de llegar, será a ese mágico instante de dejar una huella indeleble en los ojos de todos aquellos que han venido a observarles, aquí, en esta misma cancha.

Detrás de todo esto, Rucker Park es un laboratorio viviente donde los dispares hilos del baloncesto se han unido y han logrado jugar al unísono. El juego de equipo poco estructurado, inventado por James Naismith con el objetivo fundamental de enseñar disciplina y trabajo en equipo a sus alumnos, y el estilo explosivo e improvisado desarrollado por equipos afroamericanos, como los Harlem Globetrotters.

La influencia de Naismith se aprecia fácilmente en el hombre responsable de todo ello, Holcombe Rucker, nacido en Harlem en 1926 en el seno de una familia humilde. En la escuela secundaria, se convirtió en una estrella del baloncesto, antes de unirse al ejército durante la II Guerra Mundial. Regresó a la ciudad en 1946, convertido en un hombre serio y encontró trabajo como supervisor de campos de juegos en el Departamento de Parques de la ciudad.

Rucker, también fue entrenador de baloncesto en Santa Cruz, una Iglesia episcopal en Harlem. En 1947, al percatarse que muchos niños no tenían nada que hacer durante el verano, promovió un torneo de baloncesto al aire libre. Sus objetivos eran sencillos: pensó que a través de este deporte podría proporcionar estructura, inculcar disciplina y, sobre todo, mantener a los niños fuera de las calles.

En sus primeros años, el torneo se celebró en un parque entre la calle 128 y la Séptima Avenida. Rucker llegó una mañana temprano, tomó asiento en un banco del parque y supervisó los juegos durante las próximas 15 horas. Mientras tanto, se convertiría en mentor de los niños, comprobando sus tareas y exhortándolos a hacerlo bien en la escuela. Durante años, ayudó a cientos de ellos a obtener becas universitarias. Su lema era: "Cada uno enseña a uno".

En esos momentos, Harlem era pobre, se hallaba segregada y excluida del auge económico de la posguerra que el resto del país estaba disfrutando. Incluso para las personas que habían seguido todas las reglas, la ruta hacia el progreso era difícil y estrecha. James Baldwin, plasmó esta situación en 1957 en uno de sus cuentos, "Sonny Blues", que muestra un Harlem esencialmente aislado del resto de la ciudad por el muro de la discriminación.

La historia es narrada por un maestro de escuela africano-americano que trabaja en Harlem, un hombre que ha hecho todo "bien", pero que aún advierte como su vida se ve limitada. En lucha constante contra sus propios sentimientos hacia su hermano, Sonny, un músico que logra la liberación temporal a través del uso de la heroína y la improvisación del jazz.

Del mismo modo, la novela seminal de Ralph Ellison, “El hombre invisible”, gira alrededor de la idea de que la comunidad afro-americana es inexistente para la sociedad blanca; una no-persona explotada como mano de obra servil que luego es relegada de nuevo al gueto.

La mayoría de los niños que crecían en Harlem en la década de los cincuenta, incluyendo aquellos que jugaban en los torneos de Holcombe Rucker, tendrían que luchar por todo en la vida. Así, mientras Rucker predicaba paciencia, trabajo duro y disciplina, los juegos en sí eran momentáneas posibilidades de trascender y elevarse muy por encima de las calles de Harlem.

Es aquí, donde la idea de que la disciplina aprendida en la cancha se podría extrapolar a la vida fuera de ella, se complica. Una cosa es jugar al baloncesto en la escuela secundaria, tener una fácil transición a la universidad y luego lograr un puesto de trabajo en la América corporativa al otro extremo. Pero, si esta vía no está disponible de manera cómoda, entonces hay que improvisar.

"Así como el baloncesto blanco fue modelado y regimentado como la vida que les esperaba a sus jugadores", comentó Kareem Abdul-Jabbar al escribir sobre los partidos del torneo de Rucker, "el juego de patio de los colegios negros, exigía el fulgor, la astucia e imprudente brillantez individual que cada hombre iba a necesitar en el mundo al cual tendría que hacer frente"

Ese brillo y esa astucia, también se hicieron evidentes en Holcombe Rucker. Cuando el Departamento de Parques de la ciudad decidió no financiar el torneo en sus inicios, Rucker se dirigió a un corredor de apuestas deportivas, llamado John "Twenty Grand" Hunter, que solícitamente aportó el dinero necesario para la equipaciones y el transporte. La realidad de la vida en Harlem significa que incluso un hombre de altos ideales, como Rucker, a veces tenía que hacer la vista a un lado para poder avanzar.

Rucker continuó organizando el torneo hasta su temprana muerte por cáncer, a los 38 años en 1965; y éste, ha sobrevivido en su honor. Con el paso de los años, el torneo se ha visto engalanado con las apariciones de grandes jugadores como Dr. J (Julius Erving), Connie Hawkins y Wilt Chamberlain.

También ha habido una serie de jugadores que alcanzaron gran notoriedad en las calles de Harlem, pero que nunca lograron ir más allá. Nombres venerados, como los de Richard "Pee Wee" Kirkland, Herman "Helicopter" Knowlings y Joe "The Destroyer" Hammond. Representan el otro lado de la ecuación, aquellos individuos con talentos sin precedentes que no fueron capaces de aprovecharlos como trampolín para salir de sus miserias. El más importante de todos ellos, es el de Earl "The Goat" Manigault, nacido en 1944 y tutelado personalmente por Holcombe Rucker en su niñez.

Aunque sólo medía 1,85 de alto, Manigault tenía un salto vertical superior al metro. Se atribuía a si mismo la invención del mate “Tomahawk”, al girar el balón detrás de su cabeza con las dos manos y machacar el aro durante uno de sus partidos. También solía realizar el "doble Dunk", en el que interceptaba el balón con una mano, luego lo agarraba con la otra para terminar marcando una espectacular canasta. Y todo ello, antes de volver a tocar tierra.

 
 
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